Parálisis

Quiero escribir mis experiencias con Max y sin embargo tengo dificultades para continuar. Se me da mejor escribir en el presente que rememorar las cosas del pasado. Y esa asunción me lleva a la parálisis. Veis, ese es un aprendizaje y una limitación al mismo tiempo. Sé mucho, como el diablo, más por viejo que por pellejo. Pero saber no es suficiente, cuando lo que conoces deseas transmitirlo a los demás. No todos aprendemos de la misma forma, ni necesitamos aprender las mismas cosillas. Aunque sean muchas comunes y pareciera que nos valen a todas las personas. Solo pareciera…
Estamos en un momento crucial para la humanidad… bueno, vale, la humanidad está viviendo momentos cruciales de continuo, y nos hacemos los suecos para sujetarnos a nuestra falsa (¿o verdadera? – mira que soy simple escribiendo) sensación de seguridad. Aparecen, o salen a la superficie, porque naufragamos o nos quitan el agua que mostraba solo una isla o la punta del iceberg, seguridades de nuestra vulnerabilidad, lo que ahora llaman incertidumbre. Sí, de acuerdo, esta palabra ya existía, pero se puso de moda en la pandemia (la que ahora vivimos, u otra del futuro… si hubiera uno.. o dos, futuros, me refiero).
Así que tengo que seguir, o empezar realmente, con lo que venga cada día y ya aprovecharé para contar lo de los olores, las cacas, la adopción, las enfermedades, o la enfermedad. Y si puedo, lo tecleo, y ya lo corregiré. O mejoraré. Que las cosas no salen perfectas a la primera. A la primera salen frescas, pero con las correcciones se mejoran. Lo que se llama la mejora continua. Que ya me acuerdo yo que lo enseñábamos en los cursos que dábamos, o me daban. Y a mí siempre me salía: “mira que me jode la mejora”. Tontunillas varias.
Entre esas boberías que son importantes: una, que no solo he leído o escuchado en algún sitio, sino que la he probado y experimentado en los paseos con Max. Para mí esos, los paseos, sin parálisis, son muy importantes. Pasear es una virtud y una estrategia para afrontar la vida. Por lo menos para mí, y más con Max. Max, que por cierto así lo llamé cuando lo fui a adoptar, no creo que sea consciente de todos los pensamientos que abarrotan, entran, se mueven y salen de mi mente-cerebro. Él se dedica a lo que se dedica, y se centra en su tarea asignada. Oler, encontrar rastros, o comidas, o wasaps.
A Lucía, la hija de una amiga, en uno de esos paseos, le dije que las frecuentes paradas en los árboles o en las paredes eran para leer información que le habían dejado a Max y él contestaba. Eran lugares donde se almacenaban y distribuían los wasaps perrunos. Tienen como coincidencia con los nuestros que son prácticamente invisibles: unos van a las nubes… digitales y otros se sostienen en los árboles.
Pero que voy a lo que voy, que no quiero ni paralizarme ni distraerme: al fin y al cabo quien se distrae de alguna manera se paraliza. Pues eso, que en los paseos con Max y con una sencilla observación de uno mismo, uno mismo se da cuenta de que hay millones de pensamientos rondando, que me llevan emocionalmente de aquí para allá.
Externamente puede parecer que soy un tranquilo humano agarrado a su can. Y sin embargo unas cuantas tormentas y rayos se gestan y se destruyen en segundos, e incluso pasan desapercibidos para el propio implicado, yo mismo con mi mismidad o mismidez (voy a tener que repasar el vocabulario).
Así que una de las enseñanzas que un perro conlleva son los paseos. Pasear abre las puertas de la observación y evita la parálisis. Y da lugar a las coincidencias. O sincronicidades.

¿Qué es una sincronicidad? Pues justo voy a poner un ejemplo en tiempo real:

Ahora tengo la radio puesta, y yo, quien escribo sobre un perro y que acabo de enviar un correo a una persona que se llama Damaris (nombre nada común) escucho en la radio que Pilar Quintana, premio Alfaguara de novela de este año, escribió una novela titulada La perra con Damaris como protagonista, también muy premiada. Pongo el enlace aquí, porque quizás deba escribir un libro multimedia, ¿no?
Además, para verificar que me encaja con lo que estoy escribiendo, la web donde se publica se llama Diario de Paz, y es colombiana, como la autora, Pilar Quintana. ¿Quién narra mejor que los colombianos en español? Mira, una señal de lo mucho que tengo que aprender en este camino de escribir.

Así comienza “La perra”, una novela de Pilar Quintana

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